Atención, aviso a navegantes. Este artículo va a ser aburrido. He dicho.
Creo que existe una urgente necesidad por aclarar algunos términos ahora que parece que empieza a diluirse la niebla que ha sumido en oscuridad a toda la humanidad durante los últimos siglos. Sí, estoy hablando de las religiones. Y es que, ante la pasión clasificatoria que nos posee a los humanos, me preparo a dar unas pautas sencillas que nos ayudarán a auto-clasificarnos. Dividamos el asunto en dos grupos.
En el primer grupo pondríamos a los creyentes. Creyentes de cualquier religión, pues todos los dioses vienen a ser el mismo por mucho que se empeñen. Aquí, todos metiditos. Luego podríamos discernir entre los sujetos, pues está el peliagudo caso de “práctica o fe”. Me explico. Hay quien es creyente practicante. En cambio, están los que creen en el Dios más clásico pero no tienen ni el tiempo ni las ganas para andar orando al salir del trabajo. Es decir, “no practican”. Y luego, porque aquí no acaba la cosa, están los que creen en “algo”. Sí, en Dios, o en algo superior. En lo que sea. De hecho, no es que crean, sino que necesitan creer, para agarrarse a ello en los momentos difíciles. Estos últimos son los que a mí, personalmente, me han parecido siempre más inteligente. Creen en sus cosas, sin menterse con nadie, tienen la fe que necesitan y nadie se aprovecha de ellos. Nadie hace negocio con ellos.
Segundo grupo. Los que nacieron de los librepensadores, aquellos que basan sus opiniones en la razón, para tomar las decisiones que ellos han concluído que son las correctas, sin tener en cuenta el “esto es así porque sí” o el “esto es así porque siempre ha sido así” o el ya clásico “esto es obra divina”. De aquí salen tres grupos que merecen especial atención y que la gente suele confundir (yo mismo lo hacía hasta hace apenas veinte minutos):
Ateos: No-Dios. Los ateos niegan la existencia de cualquier dios y son capaces de argumentarlo con razones sociológicas, históricas o científicas.
Agnósticos: Hay verdades y conocimientos que son imposibles de adquirir para un humano. El agnóstico entiende la fe y la respeta, pero cree que la existencia de un dios es imposible de demostrar. Así como es imposible de demostrar su no-existencia.
Escépticos: Son los que viven eternamente entre la duda, los que cuestionan las verdades universales que no han sido demostradas empíricamente. Dudan de los hechos que se dicen verdad por acto de fe, entre ellos la existencia de algún dios.
Es verdad que las tres vertientes se superponen y se complementan, aunque hay algunas sutiles diferencias. Como resumen, nos serviría algo así, a ver si me aclaro yo y te aclaro a ti:
El ateo no cree en ningún dios y además te puede dar razones de ello. El agnóstico no cree en ningún dios porque el ser humano no es capaz de llegar a demostrar su existencia. Y el escéptico no cree en ningún dios porque no ha visto ninguno.
O tal vez, una explicación en cascada:
- El ateo es agresivo con respecto a Dios.
- El agnóstico es un ateo más calmado.
- El escéptico es un agnóstico más simple.
Así que, un servidor es profundo librepensador y ateo convencido tal y como me vengo proclamando toda la vida. Gracias a Dios, estaba en lo cierto. Y tú… ¿de quién eres?
P.D.: Si hay alguien entendido en el tema, que no dude en aportar sus conocimientos.
por pedro arilla / 2 comentarios / 6 Junio 2008