(Nota previa: yo nunca recuerdo mis sueños, pero estando en Roma, cuando desperté me quedé con una extraña sensación y escribí lo que recordaba. Lo tenía desde hace tiempo en el baúl de los recuerdos. Méramente anecdótico)
Me encontraba en el taller, con Juan Carlos y Rubén, trabajando como cada día. Más al sol que a la sombra. Feliz por estar ahí, pero infeliz por no estar en cualquier otro lugar. Tropecé con mi destino, que tenía forma de harapo y color de fracaso. Allí, en la entrada del taller, en la plaza, entre la tierra. Allí. Excavé y maldije. Y descubrí, maldito… Una tela, un paquete de tela antiquísima que deshice y desempolvé, ante la atónita mirada de mis compañeros. Era cocaína. Y en la tela que la envolvía, versaba su historia.
“Mucho tiempo atrás, un monje descubrió ese mismo paquete, venido de las Américas, y conocedor de sus efectos, decidió esconderlo. En lo alto de la torre decidió, en el campanario que vigilaba aquella plaza, donde solamente él tenía acceso. Y en el travesaño más alto, del que colgaba la campana, se colgó el monje, como un equilibrista, y posó el paquete, dibujando con el blanco polvo, una limpia y clara arroba (@).”
Miré al cielo y tropecé, tropecé con la mirada, sí, en el campanario. Juez y delator de esa plaza criminal. Recordé que mi buen amigo Mosca se encargaba ahora del campanario y decidí subir. A ver. A verlo. Empujado por la curiosidad, salté los escalones, y de dos en dos, me planté en el techo de esa villa que me vio nacer. La campana, redoble de latón, me miró preguntándose si me atrevería. Me atreví y subí. Esperé no encontrarme nada o encontrarme algo. Pero no eso: un cristal, cocaína y una galleta, dominando la villa, desde lo más alto, sin compasión. Tallada en madera, una arroba.
Mosca me sorprendió a las horas, allí sentado, sin saber qué hacer, pensar o creer. Tan sólo me dijo: “Cómo sabía el puto monje, desde allí se tienen las mejores vistas”.
por pedro arilla / 1 comentario / 15 Diciembre 2008